domingo, 19 de junio de 2011




EL PAIS › CARTA ABIERTA/9
La reconquista


1 ¿Por qué queremos a Buenos Aires?

Porque tenemos memoria de sus barrios, incluso de aquellos que no conocimos. Porque fue fundada mitológicamente en alguna manzana hoy reciclada por las estéticas del diseño. Porque aún reconvertida y rehecha sigue convocando al relato y la aventura de la fabulación. Porque fracasó en su propio imaginario: se quiso blanca y uniforme, y su vitalidad, sin embargo, viene de la mezcla de colores, de estaturas, de modos de vestir y de celebrar, de rezar, de preparar las comidas. Porque en su voz suena la polifonía dispar de las lenguas que la habitan (el aymara y el italiano; el wolof y el guaraní; el coreano y el idish; el árabe y el portugués) y a la vez es el ritmo entre zumbón y tierno del voseo rioplatense.

Porque en ella vive el país, es territorio que habitamos los que venimos de todas las provincias y en el que constituimos un trazo nuevo de lo común. Porque en esta ciudad está, aún soterrado o ghetificado, lo indígena, y su murmullo no cesa. Porque a su vera se erigieron muchas de las fábricas del proyecto industrial argentino. Porque duerme poco y sueña mucho. Porque en el malhumor tenso de sus vecinos no deja de aflorar el sueño de otra vida. Porque tiene los bares del café charlado y las plazas multitudinarias de la política pública. Porque es una serie de capas, como pensó Martínez Estrada, que surgen y resurgen a cada paso.

Porque a ella llegan diariamente millones de personas que trabajan, estudian, se entretienen y la viven como suya, y porque su vida se extiende mucho más allá de una avenida y un río. Porque son muchos los que migran a las ciudades buscando el lugar donde se reconozcan sus derechos.

Porque es ciudad del deseo y de la memoria. Porque nuestras vidas están tramadas en ella. Porque ella no es sólo ella: es el conurbano que la desborda y la rodea, es el país que la respeta y la desdeña.

Porque si es la ciudad del miedo y la de los muros y los enclaves, es también la que vive en las multitudes callejeras del trabajo y de la fiesta. Porque un escritor imaginó a un hombre solo en alguna de sus esquinas y otro la quiso fervorosa y mítica. Porque es la ciudad en que muchos vivieron su infancia y muchos otros soñaron en su niñez. Porque es siempre la misma y siempre es distinta, porque nos desconcierta y en ella nos reconocemos, porque siempre la estamos empezando a descubrir, porque nunca nos vamos de ella, porque nunca podremos conocerla del todo. Porque a Buenos Aires siempre estamos llegando.

Porque cada generación la vuelve a fundar para que sea siempre Buenos Aires, y a poblarla de nuevos signos. Porque sus tradiciones siguen hablando en sus esquinas, sus puertas, sus cuartos, sus mesas, sus patios, sus ventanas. Porque amamos en las grandes ciudades lo que tienen de turbulencia y equívoco, de entrevero y de intercambio. Porque ella es, en los rostros que la habitan, una nación y un continente. Hospitalaria y a la vez reticente adopta hombres y mujeres de nuestra América. Porque es una ciudad que sigue abriendo las puertas a hombres y mujeres de todos los continentes, y los hijos de quienes llegan son plenamente porteños, y ellos mismos, tarde o temprano, lo son.

Porque tiene lugar para las más diversas formas del amor, de los nacimientos y las muertes. Porque está hecha de despedidas y llegadas, de silencios y ruidos, de rezos y de músicas, de consignas y de oraciones laicas, de velocidad y de espacios para la quietud. Porque en la Plaza de Mayo resuenan infinitos pasos, incluso los nuestros y los de nuestros muertos. Porque en esa plaza y en sus calles los pañuelos blancos rasgaron la monotonía plomiza del terror y porque hoy trabajan en ella, en los recintos donde reinó el exterminio, las fuerzas de la memoria y las potencias de la creatividad. Porque es escenario de rebeliones y en ella resuenan todas las luchas políticas de la Nación.

2 El derecho a la ciudad

Porque queremos a Buenos Aires, porque tenemos derecho a sus rincones geográficos y espirituales, venimos aquí a afirmar el derecho a las instituciones de la ciudad y a su espacio público. No se trata sólo de metros cúbicos de vivienda: también es hora de construir formas dignas y participativas de la política. De afirmar que ese derecho lo tienen los que viven en ella y los que llegan cada día. De afirmar la trama urbana contra el miedo: fortalecer los puentes antes que los muros.

Porque el que es recluido en un ghetto no tiene derecho a la ciudad, se trata de combatir todo proceso de segregación. Reinventar la confianza para hacer posible vivir la ciudad sin retaceos. Reconocernos como ciudadanos y no como espectadores de una política que hacen otros: la reconquista de la ciudad exige una nueva racionalidad comunitaria, manos múltiples puestas a diario en la masa de la vida pública.

La ciudad es difícil como lo es todo espacio en el que millones gestionan su vida en común. Y es, sin embargo, en esa dificultad donde pueden encontrarse las fuerzas para una recomposición, en vez de la amenaza de unos contra otros. Afirmar una lógica no mercantil de los derechos: impulsar reparación allí donde hay desigualdad. La salud concebida como derecho real y para todos, ya no como negocio ni como avara limosna para salir del paso. El problema de la contaminación ambiental encarado a través de una acción multidisciplinaria, a todos los niveles, como una necesidad vital y no como un leitmotiv para afiches publicitarios.

Sostener y expandir escuelas para todos, donde la igualdad se construya en el cotidiano y las escuelas públicas reciban el compromiso, el esfuerzo y la confianza de muchos que hoy están fuera de ella. Construir las mejores escuelas, aquellas que elegiríamos para nuestros hijos, aquellas en las que quisiéramos trabajar.

Afirmar que todo barrio debe tener sus espacios verdes y sus ámbitos comunes, sus núcleos de producción de cultura y sus canales de comunicación. También que la gestión de esos espacios debe ser democrática y definida por los vecinos que los usan.

En vez de una ciudad sin horizonte y cercada por una autopista, recuperar el paisaje abierto del río y afirmar la parquización de la General Paz. Necesitamos muchos arquitectos como Bereterbide para pensar esa ciudad a la que tenemos derecho. Contra la ciudad de enclaves y fragmentos ligados por raudas autopistas –ciudad de Puerto Madero y el Parque Indoamericano–, afirmar una ciudad heterogénea y justa. Una ciudad que se reconozca en el movimiento incesante de los trabajadores en sus calles, a la hora del trabajo diario y el descanso, y a la del reclamo y la celebración.

Hoy la ciudad es rehecha por la lógica del capitalismo financiero y la especulación inmobiliaria. En los cimientos de la modernización de esta hora está la renta sojera antes que la necesidad habitacional.

La ciudad es fachada y sótano, Teatro Colón y taller clandestino, como desde los años ’30 –bien lo sabía David Viñas– fue villa miseria y Kavannagh. Se trata de hacer visible el sótano en el marco de las luchas por la igualdad.

Pensar la ciudad, en estos días de decisiones electorales, es pensar qué vida queremos vivir.

3 La reconquista (o el Eternauta)

Mezclando racismo y bicisenda; segregación y reciclado; destrucción del patrimonio, culto del consumo y violencia contra los desposeídos que duermen bajo papel de diario en los portales, el desquicio es la escena que nos lega el actual Gobierno de la Ciudad. En sus manos, la necesaria modificación de prácticas urbanas se convierte en mero recurso apologético de un estilo de vida tomado de los barrios cerrados.

No es sólo estupidez. Se articula con una representación intolerante de la ciudad, contra todo lo que mancille una fantaseada pureza o que resulte excedente para las demandas laborales del momento.

La del macrismo es una Buenos Aires ilusoria. La usa como horizonte y ariete contra la ciudad real. La nuestra es aquella que es soterrada y a la vez utópica. Está en los intersticios de la ciudad real, la vemos allí donde el miedo se suspende o en los hechos extraordinarios donde se revela la potencia de la vida en común.

La sorpresa de esta nueva derecha en la gestión ha sido lo escuálido de su eficiencia. Ni siquiera administran como buenos gerentes. Esta ciudad no los merece, incluidos los ciudadanos que los han votado.

Esta ciudad, nuestra Buenos Aires, la profunda y a la vez futura, merece políticos de otra tesitura, capaces de explorar sus fuerzas novedosas y de recrear sus espacios públicos. Políticos acordes al estremecimiento de la dimensión política que en los últimos años recuperamos para alarma y escándalo de los que no aceptan interferencias en su voluntad de hacer y rehacer la ciudad y el país a su antojo.

No se debería ausentar de la vida política la idea de felicidad. Ni aceptar su arrebato por derecha, porque en esas manos deviene una composición de consumo privado y celebración espectacularizada. Pensamos en otra felicidad: la que surge del encuentro de lo común y del acceso democrático a lo público.

Esta ciudad merece una reconquista, que sólo puede concretar la acción fraterna de las mayorías. Reconquistarla de la brutalidad del interés mezquino de unos pocos, de la violencia con que fueron conculcados derechos, de la impasibilidad con que sus bienes, sus memorias y sus mitos son devastados o metamorfoseados en objeto de consumo pasajero y ganancias. Reconquistar, con el pasado, la noción de futuro.

Vivimos años de conmoción, conflictos y entusiasmos políticos que desde distintas historias se han desplegado alrededor del kirchnerismo, nombre que intenta dar cuenta del nuevo sesgo, intensamente popular, nacional y democrático, que conmueve todos los aspectos de la vida argentina. Hay que hacer escuchar ese grito apasionado que se murmura en los barrios y en las calles como ansia refundacional.

Hay que seguir escuchando, porque no se ha apagado el rumor de los millones que estuvimos en la calle a la hora de la fiesta –cuando nos descubrimos juntos en el Bicentenario– y a la hora del duelo, en octubre, cuando el dolor y la necesidad de seguir adelante nos hicieron mirarnos las caras. Porque ahí reconocimos nuestra fuerza comunitaria y supimos que no estábamos solos. Algo ha quedado en el aire, otro ánimo, otras energías, el avizoramiento de otros horizontes.

Que es más que un sueño lo sabemos en una patria donde la Asignación Universal por Hijo, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la ley de matrimonio igualitario demostraron que ningún sueño es excesivo si hay una necesidad que lo reclame y una fuerza popular que lo sustente.

No se trata solamente de que, con un cambio en el Gobierno de la Ciudad, concluya un ciclo de deterioro, reconversión excluyente y despojo. Se trata de reconquistar la política, contra su banalización en manos de los gerentes empresarios y los gabinetes de marketing; y de algo más: junto a los hombres capaces de hacer ese llamado, como Filmus y Tomada, de lo que se trata es de que empecemos todos a construir la Buenos Aires que sus profundas necesidades nos están pidiendo.

Contra la lógica de la especulación inmobiliaria, se trata de recuperar la bullente fuerza de los movimientos sociales: de los grupos que luchan por otras condiciones de vida, por su derecho a la vivienda, y los que defienden una preservación razonada de sus barrios. Contra la antipolítica que los desvencijó y los condena al olvido, recuperar los clubes socio-deportivos de los barrios, las bibliotecas, las cooperadoras escolares, los centros artísticos y culturales, el cotidiano prodigio de los encuentros.

Contra la privatización de las riberas del Plata, limitándolas a coto para viviendas y consumo suntuarios, es necesario reconquistar su uso, construyendo un litoral público, accesible y comunicado con el tejido urbano en su conjunto. La apropiación de los bienes naturales por unos pocos no puede ser el destino de una ciudad democrática. Por el contrario, en Buenos Aires todavía persiste la memoria de otra relación con el río y su ribera, que puede ser el sustrato de un emprendimiento de recuperación.

Buenos Aires debe ser repensada en su dimensión físico-espacial, en sus condiciones sociales y vecinales, y en el modo en que se toman las decisiones gubernamentales. Apelando, para todo esto, a las fuerzas activas de la sociedad y a nuevos modos del compromiso ciudadano.

Porque, así como es impostergable la necesidad de más viviendas para todos, es necesario controlar el uso del suelo, recuperar tierras para el uso público y social, impedir u obstaculizar la intervención del capital constructivo-especulador-reurbanizador-expulsor, la toma de decisiones sobre el desarrollo urbano no puede no ser participativa y democrática.

Es necesario un explícito programa de funcionamiento de las comunas. Como son necesarios mecanismos que permitan negociar, concertar y discutir entre sí a las distintas racionalidades a través de las cuales es pensada la ciudad. Necesarios o inevitables, los cambios deben ser concertados, preservando modos de convivencia. Puestas en examen, las evidencias del despojo deben convertirse en síntomas de emancipación.

Palabra poderosa, estremecida de ecos de la historia y de carnalidad popular, palabra asentada en nuestras infancias y en la entraña de nuestros afectos, hablar de “reconquista” supone hoy una apertura del futuro y, a la vez, del pasado común. De la ciudad como campo de posibilidades y espacio de la memoria, una tarea hecha tanto de paciencia como de decisión, de ojos abiertos y de sueño, de firmeza y de trabajo.

Nos sentimos militantes de esa reconquista que no será fácil, porque se trata de combatir no sólo una gestión y un partido, sino un estado de cosas propios de las ciudades contemporáneas que tienden a la fragmentación, a la segregación y la experiencia más profunda del miedo. Buenos Aires tiene derecho a ser, también en eso, modelo en el mundo.

Por lo que vive en estos años la Argentina y por lo que está viviendo Sudamérica, esta es la época propicia para intentar esa otra ciudad. Esa otra ciudad que asoma entre el pavimento algunas veces: aparece en manifestaciones, en festejos populares, en colectivos barriales, en militancias dispersas. En las esperanzas que aglutina Cristina Fernández y en la pasión con que una nueva generación, de voces nuevas y nuevos estilos, se lanzó a retomar y reinventar los caminos antes abiertos por otros jóvenes, con la mirada abierta a la contundencia del presente. A esa ciudad le hablamos.

Les hablamos a los que se sienten lacerados cuando el cartoneo puebla los anocheceres porteños. A los que saben menguadas sus propias vidas ante la infelicidad y la carencia de otros. A los que no quieren violencias asesinas para proteger sus bienes. A los que creen que lo común debe ser construido. A los que impulsan una política capaz de evitar el daño a la vida social. A los que suponen que otra ciudad es posible, aunque no alcancen a balbucear sus contornos. A los que se saben insatisfechos y dolidos. A los que aman, como nosotros amamos, esta ciudad e intuyen que es necesario reconquistarla, porque algo ineludible le seguirá faltando a sus vidas hasta entonces.

A ellos les hablamos porque son muchos y, sin renunciar a sus particularidades y diferencias, se reconocen en lo que anhelan para sí y para todos. Vengan de la tradición peronista o de las de los progresismos o las izquierdas, estén entre quienes se identifican con los ideales liberales de Mayo o entre los radicales que se niegan a olvidar la defensa de una democracia real y la lucha contra los poderes corporativos que alberga su historia. En tiempos en que los argentinos asistimos al reencuentro con las aspiraciones de un proyecto común, su ciudad capital tiene la oportunidad de dar el gran paso que la lleve hacia lo que una y otra vez se anuncia en el trasfondo de sus sueños.

Tanto como Buenos Aires necesita, para ser más Buenos Aires, reconocerse argentina, la Argentina necesita a una Buenos Aires a la altura de los desafíos que su horizonte promete. Reclamamos más política y no menos. Más calle y no menos. Pensamos más como ciudadanos que como usuarios o consumidores.

Fue en nuestra Carta Abierta/4 que, ante la imposición de una política del miedo y del silencio, invocábamos la fuerza moral del Eternauta. Está aquí, en estos días, cuando la indiferencia ya ha dejado de ser la atmósfera que plantaba un horizonte de plomo: la fuerza popular que va extendiéndose en torno del nombre “kirchnerismo” está dibujando, en esta hora argentina, el rumbo hacia la reconquista de nuestro derecho a vivir en Buenos Aires. A esa fuerza apostamos.


(De Página/12, domingo 19 de junio de 2011: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-170421-2011-06-19.html )

jueves, 9 de junio de 2011

La dictadura terrorista y totalitaria



La dictadura terrorista y totalitaria

VICENÇ NAVARRO

A la vuelta de un largo exilio, uno de los hechos que más me sorprendieron de la vida política española fue la percepción –ampliamente aceptada por el establishment político, y promovida por los medios de mayor difusión– de que la Transición de la dictadura a la democracia había sido modélica, creando una democracia que era homologable a las existentes en la Europa occidental. La realidad, sin embargo, mostraba con toda su crudeza una democracia muy incompleta y un bienestar muy insuficiente, realidad que continúa hoy, 33 años después.

España continúa teniendo el gasto público social (que financia al Estado del bienestar) per cápita más bajo de la UE-15. Y políticamente acabamos de ver cómo las fuerzas conservadoras han intentado prohibir la participación en el proceso democrático de un partido político, Bildu, debido a su origen, enraizado en una fuerza terrorista, ETA, y ello a pesar de que tal partido se ha distanciado de la violencia y ha aceptado las reglas del proceso democrático. Pero esto parece no ser suficiente para el Partido Popular, que desea que este partido condene tal pasado terrorista, intentando llevar a la cárcel a todos aquellos que todavía hoy defienden a ETA.

Este comportamiento sancionador del terrorismo contrasta, sin embargo, con el comportamiento del propio Partido Popular, que nunca ha condenado explícitamente y por su nombre a la mayor fuerza terrorista que existió en España durante el siglo XX, responsable del mayor número de asesinatos políticos que haya ocurrido en la historia del país. Ningún otro régimen ha asesinado a tantos españoles como la dictadura iniciada por un golpe militar, liderado por el general Franco, en contra de un sistema democrático, la II República. Fue un régimen basado en el terror, con asesinatos políticos (por cada asesinato político que cometió Mussolini, Franco cometió 10.000), torturas (sistemáticamente realizadas en sus cárceles), campos de concentración y exilio. Aquel golpe fue realizado por los que falsamente se autodefinieron como los nacionales (la mayoría de sus tropas de ataque eran mercenarios y extranjeros, y su victoria se debió única y exclusivamente al apoyo extranjero de Hitler y Mussolini) que estaban en una “cruzada” (cuyas tropas de choque, paradójicamente, eran musulmanas) y que supuestamente defendían a la patria (imprimiendo un enorme retraso económico, político, cultural y social al país). En realidad, era una minoría en contra de la mayoría de las clases populares de los distintos pueblos y naciones de España, lo cual requería el terror para su propia supervivencia. El terror fue sustancial en la existencia de aquel régimen hasta su último día.

Sin pretender establecer categorías, el número de víctimas de aquel terror (asesinatos políticos) fue de casi 200.000, una cifra mucho mayor que la realizada por ETA (839). Las víctimas de aquel régimen terrorista continúan ignoradas durante el periodo democrático, sin que el Estado las haya homenajeado como se merecen. El contraste entre el comportamiento del Estado hacia las víctimas de ETA y las víctimas de la dictadura es vergonzoso e ilustra no sólo la diferente vara de medir el terrorismo, sino la baja calidad del estado democrático, cuyo Tribunal Supremo, por cierto, está enjuiciando al único juez que ha intentado en España que el Estado se responsabilizara de encontrar a los desaparecidos en aquella dictadura y de enjuiciar a los responsables de tanto dolor y terror.

La entrada dedicada a Franco del Diccionario Biográfico Español –publicado por la Real Academia de la Historia, e iniciado y financiado por el Gobierno del PP dirigido por José María Aznar– es una alabanza y una apología del responsable del mayor terror que haya existido en España. A pesar de ello, un dirigente del PP alabó la biografía de tal terrorista, presentándola como obra ejemplar. Utilizando el mismo criterio que tal partido aplica a ETA, el autor de tal biografía debiera estar en la cárcel y la Real Academia de la Historia tendría que haberse cerrado. Y, al propio portavoz del PP que hizo tal alabanza, se le hubiera tenido que llevar a los tribunales.

El hecho de que todo esto no ocurra muestra el enorme poder de las fuerzas conservadoras que hegemonizaron el proceso de la Transición y el periodo democrático. ¿Cómo, si no, puede explicarse que incluso hoy, en los libros de texto de la asignatura obligatoria de cultura cívica se sostengan posturas dignas de la ultraderecha del Tea Party de EEUU, tales como definir al feto como ser humano, considerar el aborto voluntario como un asesinato, o definir al darwinismo como una doctrina sospechosa? ¿Y, cómo, si no, pueden explicarse la visión tan sesgada y negativa que se da de la II República y el silencio sobre el terror del régimen que la derrocó que están presentes en los libros de texto de las escuelas públicas?

Pero la represión de aquel régimen fue también psicológica e ideológica, precisamente debido al carácter totalitario del mismo. La ideología que imponía era el nacionalcatolicismo, mezcla de un nacionalismo españolista extremo e imperialista, con características racistas (el día nacional se llamaba el Día de la Raza, y la película que realizó el dictador se llamó Raza) y de un catolicismo reaccionario en extremo que, junto con su caudillismo, un machismo muy acentuado y una hostilidad al mundo obrero y sindical, constituyó una ideología totalizante, pues quería cambiar “al hombre”, penetrando en las áreas más íntimas de las personas, desde el sexo hasta la lengua, todo ello normatizado. Tal régimen tuvo pleno control de los medios y de las instituciones. Considerar aquel régimen como meramente autoritario es ignorar la asfixia intelectual, política, económica y cultural que la mayoría de las clases populares sufrieron para mantener la “placidez” de aquellos que se beneficiaron de tal terror.

Vicenç Navarro es catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra

(De Público.es http://blogs.publico.es/dominiopublico/3498/la-dictadura-terrorista-y-totalitaria/)

miércoles, 25 de mayo de 2011

¡Feliz Día de la Patria!

Felicidades amigos!
Hace 201 años, aprovechando la convulsa situación de la metrópoli, los criollos daban en Buenos Aires un grito de Emancipación; eco del proferido un año antes en Cochabamba.
Desde entonces, nuestra Patria sufrió grandes transformaciones; fue madre de grandes héroes, y también cuna de muchos traidores. Algunos de sus hijos combatían al enemigo extranjero con sudor y lágrimas, mientras otros la vendían tan barato, que a Judas le hubiera dado vergüenza...

Nuestra historia puede hacernos llorar de bronca o de alegría; ofendernos o exaltarnos. Pero es nuestra historia, y cada vez que pienso en ello me acuerdo de unas lindas palabras de Manuel Ugarte, el gran latinoamericanista:
" La historia no se llora ni se modifica. Cuando depende de nosotros, se hace. Cuando nos viene de otras generaciones, se soporta y se corrige en la medida de nuestras fuerzas. El pesimismo es la enfermedad de los débiles".

La historia de la Argentina no está encerrada en los libros de colegio; ¡se está escribiendo todos los días con cada una de nuestras acciones!. Si queremos una patria de la cuál estar orgullosos, en donde nuestros hijos puedan crecer libres, seguros y en plena igualdad con sus compatriotas, es muy fácil: ¡salgamos a construirla!¡Seamos concientes de nuestra parte en la Historia!.

En el espíritu de la fecha, me despido evocando las palabras del Padre de la Patria, cuando preparaba en Cuyo el ejército libertador (rebosante del espíritu latinoamericano):
¡SEAMOS LIBRES!¡QUE LO DEMÁS NO IMPORTA NADA!

¡Feliz día de la patria, mis amigos!!!! :D

jueves, 19 de mayo de 2011

10 años despues


Hay historias que van de la mano, aunque no nos guste o no sepamos verlas. La de España y Argentina es una de ellas.
Y no digo solamente que ambas historias lleven una relación recíproca, un hilo conector como cualquier metrópoli mantiene con sus antiguas colonias: me refiero a los paralelismos obligados que han tenido dichas historias.

Fue en la década de 1820 cuando la oligarquía porteña abandonaba a San Martin y sus tropas en Perú, y traicionaba no solo el ideal revolucionario de Mayo, sino la grandeza por venir de toda la nación. Fue para esos mismos años en los que se traicionaba también a Rafael del Riego, el hombre que había logrado que Fernando VII de España jurara la Constitución de 1812 (redactada justamente mientras el Rey se cobijaba bajo el ala bonapartista, y sus ciudadanos eran masacrados por el ejército francés).

Nuestras economías desde entonces han seguido un camino similar. Marchando al paso de los latifundios hemos visto industrializarse al mundo, mientras nosotros seguíamos engordando oligarquías agroganaderas que dilapidaban su (nuestro)dinero en putas parisinas, o importando (ladrillo por ladrillo) edificios londinenses, en vez de fomentar la aparición de una modesta industria nacional.

El siglo XX fue para ambas una época de sangre de hermanos derramada, y nuestros territorios simple tableros de ajedrez de potencias, aprovechadoras de las diferencias intestinas. Así, los intentos de gobiernos populares en ambas márgenes del Atlántico fueron apagados por golpes militares, a los que siguieron décadas de represión incruenta, desaparición sistemática de personas y el sostenimiento de un programa que reducía nuestras economías al papel de meros siervos del capital norteamericano.

Y el destape no fue solo español: al caer las tiranías volvió la alegría para ambos. Pero el Capital, que ahora nos daba un poquito de libertad, tampoco quería que nos acostumbremos: un poco está bien, pero la cuota hay que mantenerla al día. Y así llegamos a esos maravillosos años de la convertibilidad y del euro, esa época donde de repente todo era reluciene y maravilloso y comíamos la misma chatarra que se come en NY, y podíamos comprarnos las mismas porquerías que se usaban en el primer mundo (¡pero claro, si eramos el Primer Mundo!), porque los chinos hacían todo muy barato y a nosostros nos parecía una ganga. Con el lenguaje neoliberal, se eliminó del repertorio de nuestras juventudes la idea de la politización: eso ya ni siquiera era peligroso, sino cosa de vagos. Al trosko no se le temía: daba risa.

Poco a poco, nos fuimos despertando del sueño. O eso parecía.

En el 2001 explotó la burbuja en Argentina: millones de desocupados, niveles de pobreza que parecían haberse dejado atrás hacía 50 años, indigencia y hambruna por doquier. La imagen del político estaba por el piso; el grito que surgía de entre el ruido de las cacerolas era claro: "Que se vayan todos/ que no quede ni uno solo". La clase media, embobada durante más de diez años con la fiesta de la paridad, salía de su sopor con un cachetazo, y se lanzaba a la calle. Todos nos emocionamos y vimos en esto un momento histórico y una oportunidad única.
Y lo fue. Desde entonces, sucesos más que interesantes han ocurrido en la Argentina (en el marco de un movimiento que se expande en toda latinoamerica, desde Miraflores a la Rosada): la juventud empezó a tomar conciencia. Se revivió un lenguaje que había sido meticulosamente enterrado; sobrevino la sensación de que la politica no la hacen solamente los lobistas: nosotros también tenemos poder. Hoy hay miles de jovenes de clase media comprometidos en movimientos sociales, en partidos políticos, involucrándose cada vez más en lo que parece el resurgir de la política en la Argentina.

Cuando hace unos 4 años visité España, me quedé con una sensación particular: estos tipos están viviendo nuestros 90s, y les va a explotar todo en las manos en cualquier momento. No pretendo darme aires de adivino; más bien uno en esas épocas sentía tener síndrome de Casandra. Pero así fue...

Miro una de estas mañanas una foto en un diario, y me parece un artículo de archivo. Seguramente muchos de uds, que vivieron diciembre del 2001, recordarán la imagen: gente de clase media con una cacerola en las manos, gritando en las plazas, pidiendo la posibilidad de un futuro, de no quedar desplazada dentro de este sistema impuesto por unos políticos sedientos de números y de billetitos. Diez años después, el fenómeno parece haber llegado a España: la juventud sin futuro se despertó repentinamente del letargo de la PlatStation y de la descarga gratuita de Taringa! para darse cuenta de que generaciones de políticos les han hipotecado el futuro. Que el ingreso a la UE, la incorporación del Euro y el Plan Bolonia no eran las maravillas modernas, sino la destrucción sistemática del estado de Bienestar Español.

Diez años después, miro esas plazas rebosantes de gente y me causa gracia que las juntas electorales intenten prohibir un movimiento espontáneo y genuino como el de los Indignados. Que intenten frenar el quiebre de la represa que ellos mismos han ido desmantelando, piedra por piedra, en los últimos años. Lo patético de sus discursos deja entrever su incapacidad para comprender lo que tienen delante: la gente dice BASTA, y pide un cambio radical.

En América Latina la cosa no ha ido tan mal. De una punta a la otra, hemos logrado atravesar la peor crisis financiera de la historia sin sufrir las consecuencias que el resto del planeta ha tenido que bancarse, apaleado. Vivimos un proceso de participación política único, que cada día avanza más. No importa que el presidente sea fulano o mengano: la conciencia política que se ha creado supera quien ocupa el sillón del Innombrable (original, no el patilludo). Es algo que llegó para quedarse, y eso me hace muy feliz.

Solo puedo desearle a mis amigos hispanos un desenlace feliz, pues se lo merecen. Ojalá no pasen por el baño de sangre represivo de Diciembre de 2001; ojalá los líderes del PP y del PSOE se queden pasmados por la peor de sus elecciones en la historia democrática española. Ojalá que las juventudes canalicen esta indignación en la energía necesaria para reformular el Estado de Bienestar, hacerlo fuerte y grande y ser, de una vez por todas, todo lo que pueden ser. Pero sin desigualdad.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Galeano y la "integración" económica latinoamericana en los 70s

"Para que el imperialismo norteamericano pueda, hoy en día, integrar para reinar en América Latina, fue necesario que ayer el Imperio británico contribuyera a dividirnos con los mismos fines. Un archipiélago de países, desconectados entre sí, nació como consecuencia de la frustración de nuestra unidad nacional. Cuando los pueblos en armas conquistaron la independencia, America Latina aparecía en el escenario histórico enlazada por las tradiciones comunes de sus diversas comarcas, exhibía una unidad territorial sin fisuras y hablaba fundamentalmnete dos idiomas del mismo origen, el español y el portugués. Pero nos faltaba (...) una de las condiciones escenciales para constituir una gran nación única: nos faltaba la comunidad económica.
Los polos de prosperidad florecían para dar respuesta a las necesidades europeas de metales y alimentos no estaban vinculados entre sí: las varillas del abanico tenían su vértice al otro lado del mar. Los hombres y los capitales se desplazan al vaivén de la suerte del oro o del azucar, de la plata o del añil, y solo los puertos y las capitales, sanguijuelas de las regiones productivas, tenían existencia permanente. América latina nacía como un solo espacio en la imaginación y la esperanza de Simón Bolivar, josé Artigas y José de San Martín, pero estaba rota de antemano por las deformidades del sistema colonial. Las oligarquías portuarias consolidaron, a través del comercio libre, una estructura de la fragmentación, que era su fuente de ganancias: aquellos traficantes ilustrados no podían incubar la unidad nacional que la burguesía encarnó en Europa y en Estados Unidos. Los ingleses, herederos de España y de Portugal desde tiempo antes de la independencia, perfeccionaron esa estructura todo a lo largo del siglo pasado, por medio de las intrigas de guante blanco de los diplomáticos, la fuerza de extorsión de los banqueros y la capacidad de seducción de los comerciantes...

El resultado está a la vista: en la actualidad, cualquiera de las corporaciones multinacionales opera con mayor coherencia y sentido de unidad que este conjunto de islas que es Amérrica Latina, desgarrada por tantas fronteras y tantas incomunicaciones. ¿Qué integración pueden realizar entre sí países que ni siquiera se han integrado por dentro?. Cada país padecen hondas fracturas en su propio seno, agudas divisiones sociales y tensiones no resueltas entre sus vastos desiertos marginales y sus oasis urbanos...

Muy distinto destino se propusieron y conquistaron, por cierto, los Estados unidos. Siete años después de su independencia, ya las trece colonias habían duplicado su superficie (...) y cuatro años más tarde consagraron su unidad creando el mercado único. La compra de Lousiana (...), más tarde fue el turno de la Florida y, a mediados de siglo, la invasión y amputación de medio México en el nombre del "Destino Manifiesto". Después la compra de Alaska, la usurpación de Hawai, Puerto Rico y las Filipinas. Las colonias se hicieron nación, y la nación se hizo imperio; todo a lo largo de la puesta en práctica de objetivos clramente expresados y perseguidos desde los lejanos tiempos de los padres fundadores. Mientras el norte de América crecía, desarrollandose hacia adentro de sus fronteras en expansión, el sur, desarrollado hacia afuera, estallaba en pedazos como una granada.

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Las trece colonias del norte tuvieron, bien puede decirse, la dicha de la desgarcia. Su experiencia histórica mostró la tremenda importancia de no nacer importante. porque al norte de América no había oro ni había plata, ni civilizaciones indígenas con densas concentraciones de población ya organizada para el trabajo, ni suelos tropicales de fertilidad fabulosa en la franja costera que los peregrinos ingleses colonizaron (...). Fue una suerte. por lo demás, desde Maryland hasta Nueva Escocia, pasando por nueva Inglaterra, las colonias del norte producían, en virtud del clima y de las caracteristicas de los suelos, exactamente lo mismo que la agricultura británica, es decir, que no ofrecían a la metrópoli una producción complementaria.

Muy distinta era la situación de las Antillas y de las colonias ibéricas de tierra firme. Una pequeña isla del Caribe resultaba más importante para inglaterra, desde el punto de vista económico, que las trece colonias matrices de los Estados Unidos.

Estas circunstancias explicacan el ascenso y la consolidación de los Estados unidos como un sistema económicamnte autónomo, que no drenaba hacia afuera la riqueza generada en su seno. Eran muy flojos los lazos que ataban la colonia a la metrópoli; en Barbados o jamaica en cambio, solo se reinvertían los capitales indispensables para reponer los esclavos a medida que se iban "gastando". No fueron factores raciales, como se ve, los que decidieron el desarrollo de unos y el subdesarrollo de otros: las islas británicas de las Antillas bi tenían nada de españolas ni de portuguesas. la verdad, es que la insignificancia económica de las trece colonias permitió la temprana diversificación de sus exportaciones y alumbró el impetuoso desarrollo de las manufacturas. La industrialización norteamericana contó, desde antes de la independencia, con estímulos y protecciones oficiales. Inglaterra se mostraba tolerante, al mismo tiempo que prohibía estrictamente que sus islas antillanas fabricaran siquiera un alfiler.

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El actual proceso de integración no nos reencuentra con nuestro origen ni nos aproxima a nuestras metas. Ya Bolivar había afirmado que los Estados Unidos parecían destinados por la Providencia para plagar a America de miserias en nombre de la libertad. no ha de ser la General Motors y la IBM las que tendrán la gentileza de levantar, en lugar de nosotros, las viejas banderas de unidad y emancipación caídas en la pelea, ni han de ser los traidores contemporáneos quienes realicen hoy la redención de los héroes ayer traicionados. Es mucha la pdredumbre por arrojar al fondo del mar en el camino de la reconstrucción de América Latina. Los despojados, los humillados, los malditos tienen, ellos si, en sus manos la tarea. La causa nacional latinoamericana es, ante todo, una causa social: para que América Latina pueda nacer de nunevo, habrá que empezar por derribar a sus dueños, país por país. Se abren tiempos de rebelión y de cambio. Hay quienes creen que el destino descansa en las rodillas de los dioses, pero la verdad es que trabaja, como und esafío candente, sobre las conciencias de los hombres".


Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina
Montevideo, 1970.

jueves, 10 de febrero de 2011

La hipocresía de Occidente

(Nota publicada hoy, 10 de febrero de 2011, en Página/12)


La hipocresía de Occidente

(Por Robert Fisk, para The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12. Traducción: Celita Doyhambéhère).

No hay nada como una revolución árabe para mostrar la hipocresía de nuestros amigos. Especialmente si esa revolución es una de civilidad y humanismo e impulsada por una abrumadora exigencia para tener el tipo de democracia que disfrutamos en Europa y en Estados Unidos. Las indecisas tonterías musitadas por Obama y la Clinton durante estas últimas dos semanas son sólo parte del problema. De “estabilidad” a la “tormenta perfecta” hemos terminado con el presidencial “ahora-significa-ayer” y “transición ordenada”, que se traduce: nada de violencia mientras el ex general de la fuerza aérea Murabak es llevado a pastar para que el ex general de inteligencia Suleimán pueda hacerse cargo del régimen en nombre de Estados Unidos e Israel.

Fox News ya les dijo a sus televidentes en Estados Unidos que los Hermanos Musulmanes –uno de los grupos islámicos más “suaves” en Medio Oriente– están detrás de los valientes hombres y mujeres que se animaron a resistir a la policía de seguridad estatal, mientras calla la masa de “intelectuales” franceses: las comillas son esenciales para mandapartes como Bernard-Henri Levy que se ha convertido, según Le Monde,, en “la intelligentsia del silencio”.

Y todos sabemos por qué. Alain Finkelstein habla de su “admiración” por los demócratas, pero también de la necesidad de “vigilancia” –y esto es un punto bajo en cualquier “filósofo”– “porque hoy todos sabemos sobre todo, que no sabemos cuál va a ser el resultado”. Esta cita casi rumsfeldiana está dorada por las propias ridículas palabras de Lévy, “es esencial tener en cuenta la complejidad de la situación”. Curiosamente, eso es exactamente lo que los israelíes dicen cuando algún occidental insensato sugiere que Israel debería dejar de robar tierra árabe en Cisjordania para sus colonias.

En verdad, la propia reacción de Tel Aviv a los importantes eventos en Egipto –que éste puede no ser el momento para la democracia en Egipto (permitiendo así mantener el título de “la única democracia en Medio Oriente”)– ha sido tan inverosímil como contraproducente.

Israel estará mucho más seguro rodeado por verdaderas democracias que por despiadados dictadores y reyes autocráticos. Para su enorme crédito, el historiador francés Daniel Lindenberg dijo la verdad esta semana. “Debemos admitir la realidad: muchos intelectuales creen, en lo profundo, que el pueblo árabe es congénitamente atrasado.”

No hay nada nuevo en esto. Se aplica a nuestros sentimientos recónditos sobre todo el mundo musulmán. La canciller Angela Merkel de Alemania anuncia que el multiculturalismo no funciona, y un pretendiente a la familia real de Baviera me dijo, no hace tanto tiempo, que hay demasiados turcos en Alemania porque “no quieren ser parte de la sociedad alemana”. Sin embargo, cuando Turquía mismo –lo más cercano a la perfecta mezcla de islamismo y democracia que uno puede encontrar en Medio Oriente ahora mismo– pide unirse a la Unión Europea y compartir nuestra civilización occidental, buscamos desesperadamente cualquier remedio, no importa cuán racista sea, para evitar que sea miembro.

En otras palabras, queremos que sean como nosotros, siempre que se queden aparte. Y luego, cuando prueban que quieren ser como nosotros pero no quieren invadir Europa, hacemos lo que podemos para instalar otro general entrenado en Estados Unidos para que los gobierne. Así como Paul Wolfowitz reaccionó a la negativa del Parlamento turco a permitir que los tropas de Estados Unidos invadieran Irak desde el sur de Turquía preguntando si “los generales no tienen nada que decir sobre esto”, ahora estamos reducidos a escuchar mientras el secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, pondera al ejército egipcio por su “restricción”, aparentemente no dándose cuenta de que es el pueblo de Egipto, los que proponen la democracia, los que deberían ser ponderados por su restricción y no violencia y no un montón de brigadieres.

De manera que cuando los árabes quieren dignidad y autorrespeto, cuando gritan por su propio futuro que Obama señaló en su famoso –ahora supongo que infame– discurso en El Cairo, les faltamos el respeto. En lugar de darle la bienvenida a sus exigencias democráticas, los tratamos como si fueran un desastre.

miércoles, 2 de febrero de 2011

La Patria Consoladora

Este texto lo recibí en 2008. Desconozco su autor, ya que fue una cadena. Sin embargo, me saco el sombrero ante aquel (quien quiera que sea) que lo haya escrito; y creo que nunca está de más compartirlo.


LA PATRIA CONSOLADORA


Un día como hoy pero de 1980, suponéte, que yo heredé una fábrica de consoladores.
Durante 20 años la pude mantener de pedo. Hacía consoladores para la Argentina porque
mis costos eran muy altos y mi fábrica no era competitiva para exportarlos. Los
consoladores taiwaneses y los de India eran mucho más baratos. En fin, suponéte que
mi problema era que por cada peso que yo ponía, mi fabrica podía producir solamente 5
ctvs. más. Esto en las mejores épocas. En otras, suponéte, que directamente perdía
plata. Ahora, los taiwaneses, por cada peso invertido ganaban 40 ctvs., con lo cual,
ellos podían bajar el precio de venta de sus consoladores para competir con los míos
y es así que ellos vendían más consoladores que yo.

Para fines de los ´90 mi fábrica estaba fundida y yo debía mucha plata al banco.

Ahora, suponéte que un día el gobierno decide devaluar la moneda. En el gobierno
piensan que si se devalúa la moneda se favorece a la producción porque se achican los
costos nacionales en relación al precio internacional. A mí me re conviene porque
puedo empezar a ganar más plata por cada peso invertido y así puedo competir con los
consoladores taiwaneses. Para devaluar la moneda la sociedad entera tiene que pagar el
costo: luego de una devaluación los sueldos de toda la gente valen menos que antes,
aunque en números sea lo mismo, pueden comprar muchas menos cosas. Igualmente la
sociedad decide hacer ese esfuerzo porque sirve para reactivar la producción y generar
trabajo para todos.

El gobierno, en su decisión de favorecer a la producción, me refinancia mi deuda con
el banco, me da una tasa de interés muy barata y yo puedo quedarme con mi fábrica.
Además, para mantener el precio de la moneda devaluada sale a comprar dólares todo el
tiempo, miles de millones de dólares para que los consoladores argentinos sean
competitivos. Encima, como yo para hacer consoladores necesito goma y la goma es un
derivado del petróleo y como el petróleo tiene precio internacional y está en
dólares y cada vez más caro, el gobierno me rebaja el costo de la goma,
subsidiándola. Tanto la plata para pagar mi deuda con el banco, como la plata para
mantener alto el dólar, como la plata para financiarme la goma, sale de las arcas
nacionales, del Estado. Es así que, entonces, todos los argentinos ayudan a pagar mis
deudas y a financiarme los costos de mi producción.
En fin, ahora yo tengo mi fábrica con una rentabilidad bárbara de 35 por ciento por
cada peso que invierto. Encima, se reactivaron todas las fábricas del país, creció
el trabajo y los salarios. Ya van 5 años seguidos en que la situación mejora cada
día. Mi actividad está tan subvencionada que prácticamente no tengo riesgo
empresario, es decir, tengo que hacer fuerza para que me vaya mal.

¿Y entonces qué pasa? Pasa que de golpe en China hay una revolución sexual. Todas
las chinas se revelan, se cansan de que los chinitos no se pongan las pilas en la
catrera y salen como locas a comprar consoladores de goma. Miles de millones de chinas
-desesperadas- haciendo cola para comprar artefactos que satisfagan sus necesidades. En
China, el gobierno declara la Emergencia Sexual y saca una Ley de Seguridad Consolante:
abre las fronteras, sin impuestos, para todos los consoladores del mundo que quieran
entrar en la China. El precio internacional de los consoladores se dispara, un
consolador sale dos, tres, hasta cuatro veces lo que salía antes.

A mí me viene al pelo. Suponéte que, de pronto y por una cuestión ajena, por cada
peso invertido puedo sacar hasta dos pesos con treinta centavos, ¡una rentabilidad del
130 por ciento! De golpe, hacer consoladores no sólo es una actividad que me permite
vivir bien, ahora me permite hacerme millonario. Y eso que sigo siendo un 'pequeño
productor de consoladores', que no es lo mismo que 'productor de pequeños
consoladores'. Así y todo estoy ganando, suponéte, 40.000 pesos por mes. Chocho.

¿Pero qué pasa? Como hacer consoladores es tan rentable, muchos de los que hacen
fideos, remeras, lapiceras, latas de comida, remedios o galletitas se vuelcan
masivamente a la industria del consolador porque todos quieren hacer mucha plata,
obviamente. Como consecuencia, en Argentina pasan tres cosas:

1. Todos los consoladores se venden al exterior, dejando a los consumidores de
consoladores argentinos sin el producto o al mismo precio que se paga afuera
(carísimo). Como nuestros sueldos están devaluados y están devaluados para que se
puedan fabricar un montón de cosas, esta consecuencia es absolutamente injusta ya que
hacemos el sacrificio para que se puedan fabricar consoladores pero nos quedamos sin la
capacidad adquisitiva para poder comprarlos.
2. Como consecuencia de que muchas fábricas se cambian al rubro de los consoladores
de goma, se dejan de fabricar muchas cosas y al haber menos cantidad de esas cosas,
aumentan de precio, con lo cual nuestros sueldos pierden poder adquisitivo con respecto
a todos los productos.
3. Además, como es tan rentable hacer consoladores, mi fábrica aumenta de precio.
Antes valía 100.000 pesos, ahora vale 500.000 pesos. Entonces yo ahora ya ni siquiera
trabajo. Directamente me conviene alquilar mi fábrica a otro que la trabaje mientras
yo me rasco el higo todo el día. Vienen fondos de inversión, pooles empresarios y
empiezan a alquilar fábricas en todo el país y las dedican a la producción de
consoladores.

El gobierno, entonces, tiene que hacer algo. Porque la gente lo votó por haber
reactivado la economía pero siempre y cuando los sueldos alcancen para vivir, lo cual
es lógico. La gente aceptó pagar el costo de la deuda de los sectores productivos,
pero a cambio de poder trabajar y comer, como mínimo y, por ahí, en el mejor de los
casos, progresar.

Y lo que hace el gobierno es ponerme retenciones móviles a la exportación de
consoladores, con lo cual, ahora mi rentabilidad vuelve a ser del 30 por ciento. Cuando
aumenta mucho el precio del consolador, aumentan las retenciones; cuando baja el precio
del consolador, baja la retención. Yo siempre gano lo mismo, o sea, mucho: 30 por
ciento anual, que es seis veces más que lo que gana una fábrica de consoladores en
cualquier lugar del mundo.

Suponéte que, entonces, yo soy un tipo muy irracional y egoísta. Suponéte que
además no tengo memoria, no me acuerdo de lo mal que me iba antes y me olvido,
además, de los esfuerzos que hizo toda la sociedad para que a mí me vaya bien. De
golpe me junto con todos los productores de consoladores y me pongo a armar un gran
quilombo. Corto las rutas y no permito el paso de ningún otro producto. Genero
desabastecimiento, suben los precios, la gente pierde aún más poder adquisitivo, etc.

Para justificarme, me dedico junto a mis compañeros fabricantes de consoladores a
diseñar un discurso que me exculpe de mis acciones antipopulares y desestabilizadoras:
'Consoladores=Patria', 'Paja o Muerte', 'Todos somos Consoladores', 'No al Aborto, Sí
al Consolador', 'Con los Consoladores estábamos mejor', 'K tirame la goma'.

La oposición y los medios me apoyan, aunque lo hagan solamente porque están en contra
del gobierno y se aprovechan de la situación. Suponéte que a mí no me importa y me
aprovecho también de ese apoyo.

Hasta acá la historia es igual a la del campo. Pero suponéte que en vez de pasar lo
mismo que pasa con el campo, en el conflicto de los consoladores pase otra cosa.
Suponéte que de golpe, el gobierno dice: 'Bueno, tenés razón. Te voy a sacar las
retenciones móviles.' Yo me pongo re contento, hago un acto en Rosario y salto de
alegría por haber ganado la batalla junto a todos mis amigos de la Sociedad
Consoladora Argentina, el Pro y la Carrió que apoya cuanto consolador se le cruza.
Gané la batalla.
Al otro día, el gobierno dice: 'Te saqué las retenciones, pero también se las saqué
al petróleo y además dejé de comprar dólares para mantener el tipo de cambio y,
además, ¿sabés qué?, voy a dejar de financiarte tus deudas con el banco y voy a
liberar las paritarias para que los trabajadores exijan los sueldos que quieran y voy a
dejar de hacer rutas para transportar consoladores y voy a mandar esa guita para hacer
hoteles de alojamiento populares y además voy a lanzar un montón de medidas para
fiscalizar a la producción de consoladores porque ese sector es el que más evade
impuestos en nuestro país.'

Entonces, aumenta la goma en dólares. Y el costo del trabajo aumenta a valores
europeos. Y encima tengo más presión fiscal y se me va un 33 por ciento de la
ganancia que antes no pagaba porque me hacia el dolobu. Para colmo, se revalúa la
moneda porque ya el gobierno no sale a comprar dólares, con lo cual la diferencia que
hacía antes en el mercado internacional se achica. Ahora no tengo retenciones y,
aunque sigo ganando plata, gano inclusive menos que cuando tenía retenciones.

Un día se acaba la fiesta sexual en China. Las minitas vuelven todas al lecho
masculino porque los chinitos se pusieron a estudiar tantra como locos y ahora pueden
mantener una erección durante 48 horas seguidas. El sexo adquiere la calidad de
'Actividad Protegida por la República Popular China'. Por efecto de la
transnacionalización de la cultura oriental, se abren escuelas de tantra en todo el
mundo. Los consoladores pasan de moda. El pene, viejo y peludo nomás, vuelve a ser el
mejor amigo entre las chinitas de todo el mundo. Los hombres readquieren su seguridad,
pues se habían visto reemplazados por simples pedazos de goma. Al haber volcado sus
esfuerzos en hacer la vida de sus compañeras más placenteras, abandonando el egoísmo
sexual que los caracterizaba, la humanidad entera se encamina hacia una época más feliz.

Suponéte que en Argentina ahora nos tapan los consoladores. No nos sirven para nada.
Encima perdimos la capacidad de producir cualquier otra cosa. No nos tecnificamos, no
nos modernizamos, no diversificamos nuestra producción, en fin, se nos pasó el tren.
Ahora mi actividad no tiene ni renta extraordinaria ni el apoyo del estado. Suponéte
que tengo miles de cajas llenas de penes de goma y que me los tengo que meter en el
culo.

Suponéte.